martes, 15 de julio de 2014

tecnopolítica y tribus urbanas

Se cumple el tercer aniversario del 15-M, un movimiento que se caracteriza porque ninguna de sus propuestas ha penetrado en ninguna institución ni gran partido. Por otra parte, los grandes medios no han incorporado ninguna de las voces y referentes del movimiento, de manera que la creación de opinión y de sentidos se sigue emitiendo desde la situación previa a 2011.Por si eso fuera poco, la información sobre el 15-M ha disminuido sensiblemente desde que el movimiento abandonó las plazas.
Se podría pensar que el 15-M es un fracaso. Incluso, se podría pensar que ya no existe. Pero recibe un apoyo social llamativo –del 72% de los ciudadanos- y, en estos años, ha ayudado a la paralización de la privatización de la Sanidad en Madrid, participa en la gestión de lo público en Barcelona, y a través de la PAH es fuente de derecho y media y realiza funciones no previstas por la ley. Empieza a modular, directa o indirectamente, cambios electorales que afectan al bipartidismo y, en fin, afecta cotidianamente a la agenda pública en un Estado en el que el jefe de Estado, el presidente de Gobierno, el presidente de la Generalitat han reducido sensiblemente sus actividades a pie de calle. ¿Qué es el 15-M? ¿Qué ha sido de él en estos tres años? ¿Dónde está?

Una cultura

En primer lugar, el 15-M es una ruptura cultural. Absoluta y radical, como la vivida en los años 20 y 70 del siglo pasado. Posiblemente, una de las metáforas de esa ruptura es la proliferación –como en los 70-, de pequeñas editoriales y de pequeños best sellers en el campo ensayístico, que prefiguran un nuevo emisor y receptor, que ya no entiende los mensajes y lógicas oficiales.
Declaraciones como “no ha habido rescate”, “hemos salido ya de la crisis”, o “acepté el cargo en Gas Natural para conocer más del mundo de la energía”, ya no reciben el sentido pretendido. Lo que implica un cese de la comunicación oficial, y un cambio de sentidos descomunal en la sociedad, tal vez ejemplificado en el uso de la palabra “democracia”.
Desde la reforma exprés -que hace del Estado el garante del pago de la deuda, y ya no del bienestar-, el uso de la palabra escasea en instituciones y grandes partidos, mientras que se convierte en la gran palabra convocada por el movimiento. Emmanuel Rodríguez —miembro de la Fundación de Los Comunes y autor de Hipótesis Democrática, uno de los libros más programáticos hechos desde el movimiento—, define la cultura 15-M, incluso, a través de esa palabra: “El 15-M es democratización de la sociedad frente a la caducidad del Régimen y la destrucción de todo lo que es política”.
Esa democratización se produce a partir de la ampliación de la democracia hacia lo social, lo político, lo económico, lo territorial. Jaime Toret —investigador en la UOC y miembro de Datanalysis15M—, dibuja esa cultura a través de su dinámica: “Es una dinámica en Red y sustentada en la técnica. Tiene valores de inclusividad y de transversalidad”. Es decir, renuncia a la dicotomía derecha e izquierda y se centra en la ampliación de la democracia.
Yolanda Quintana —autora, junto a Mario Tascón, de Ciberactivismo—, comparte la idea de que el 15-M es, antes que nada, "un método", un corpus que denomina "lo 15-M", y que “se define por el hacer, no por el ser”, y “por unos valores herederos de la cultura hacker: el principio de meritocracia frente al de autoridad, lo distribuido frente a lo vertical, el proceso frente al resultado, o lo compartido y abierto frente a lo propietario y cerrado”.
Esta nueva cultura, que impregna a infinidad de grupos y movimientos, no solo ha afectado a la cultura oficial, sino que también ha sobrepasado a los anteriores movimientos sociales. Para Hibai Arbide —abogado y activista—, “antes del 15-M los activistas eran una suerte de tribu urbana, autorreferencial. El 15-M, al poner en crisis las instancias de representación, pone en crisis también al activismo. En los movimientos ahora hay más gente, más variada y que se enfrenta a los problemas pensando en lo común”.

Una cronología

En todo caso, el 15-M ya no está en las plazas. Algunos autores denominan al grueso de estos tres años, sin acampadas, como post-15-M. Arnau Monterde –investigador de la UOC, activista y miembro de Datanalysis-, explica la cronología del ese post-15-M: “El 15-M estaría precedido por una gestación de un par de meses, consiste en una explosión y, a partir de ahí evoluciona”. “El 15-O de 2011 globaliza el conflicto, y se producen manifestaciones en 951 ciudades en 82 países diferentes. Con las elecciones generales del 20-N de 2011 se daba de nuevo el 15-M por enterrado, y vuelve la primavera en 2012.
A mediados de 2012, se constata el cierre institucional: no existe ni un solo reconocimiento del Gobierno central ante las demandas y movilizaciones ciudadanas iniciadas en 2011. El 25-S, a través de la convocatoria Ocupa el Congreso, marca un acontecimiento de ruptura y mutación del 15-M notoriamente significativo”. Paralelamente a esta cronología, Monterde señala la sucesión de “liderazgos temporales, es decir, diferentes identidades colectivas del movimiento red 15-M toman la centralidad durante un periodo de tiempo concreto, pero centralizado en identidades colectivas. Es el caso de 15MpaRato con los banqueros, la PAH con la vivienda, la marea blanca con la sanidad, o la Red Ciudadana con el espacio electoral.
Si miramos las formas de difusión de los contenidos, vemos que las formas de cooperación de los movimientos en red no pasan ya por grandes dogmas ideológicos unitarios, sino por conectar las prácticas en las que se ejerce la reconquista de los derechos y de lo que es común, como la vivienda, la sanidad, la educación o el derecho al acceso universal a Internet y a su neutralidad. Y como elemento común y permanente en todos los procesos analizados está la centralidad tecnopolítica”.

sociedad fragmentada

En una sociedad fragmentada, Zigmunt Baumann habla de la sociedad líquida, pero eso no significa que no haya más clases sociales, pero sí que no son tan identificables como antes lo eran. Si la movilidad social hace unos 50 años era algo excepcional, hoy por hoy se ha vuelto la norma. La idea de clases sociales en el sentido marxista ya no es tan pertinente para leer la sociedad, lo que no significa que las relaciones de dominación no existan más, lo que no quiere decir que la internalización de los habitus ligados al medio social del que uno viene ya no exista. Pierre Bourdieu ha analizado la violencia simbólica de las relaciones sociales. Ayer, por ejemplo, estábamos en la Universidad de Avellaneda y se evocaban las dificultades que puede encontrar la gente que viene de los medios populares cuando acceden a la Universidad, su relación con el saber, la escritura, con los profesores que representan la cultura legítima. Los complejos de inferioridad y superioridad existen y, en parte, están muy ligadas a problemáticas sociales. La distancia entre ricos y pobres crece cada vez más, entonces no hay que creer que porque las clases sociales ya no son tan fácilmente identificables no es por eso que han desaparecido las relaciones de dominación y la dimensión social y simbólicas que esas relaciones de superiores e inferiores, clases altas y bajas, la gente bien educada y mal educada sigue existiendo. Por eso imaginé la idea de que la lucha de clases fue reemplazada por una lucha por los lugares.

 En un contexto en el que la cultura del alto rendimiento, la excelencia no pasa sólo por la familia, sino por los medios de comunicación, nos arrastra a la idea de que para tener éxito en la vida hay que poder realizarse, desarrollarse como las estrellas, los campeones de fútbol, las personas que tuvieron éxito. Hay una especie de demanda, muy individualista y narcisista, que dice que para ser reconocido hay que ser emprendedor de su propia vida. La idea imperante es que a los que les va bien es porque tienen talento. Por el contrario, a los que les va mal es porque no supieron realizarse, no supieron desarrollar su capital humano. Para la ideología de gestión, con la que se manejan las empresas, el yo de cada individuo se convirtió en una especie de capital que hay que hacer crecer. Eso es una ideología individualista, capitalista, que se va internalizando con la idea de que hay que ser rendidor en la escuela para llegar a los mejores lugares en las empresas de mayor rentabilidad y las mejores posiciones. Esa es la lucha por los lugares y eso es lo que moviliza a los individuos, y lo hace caer en una trampa, que es la igualdad de oportunidades: la idea de que es el talento el determinante esencial de la existencia humana. Ahí hay algo muy interesante para un sociólogo y muy inquietante para un ciudadano, una especie de carrera de cada individuo para tratar de hacerse un lugar en la sociedad y ser reconocido. En las grandes empresas internacionales se ve hasta qué punto es destructiva la lucha por los lugares, la competencia generalizada, la búsqueda insaciable de reconocimiento. Pero nunca habrá satisfacción para ello porque es una ilusión narcisista. Yo trabajé sobre este tema, sobre el sufrimiento en el trabajo, una causa de malestar entre la gente.
  La gente invierte parte de sus ingresos y de su tiempo en nuevas tecnologías que son al mismo tiempo un formidable instrumento de emancipación y de alienación. Me acuerdo siempre del gerente de una empresa que me decía: “Estas nuevas tecnologías son geniales porque soy libre para trabajar 24 horas”. Lo cual es la paradoja más grande que existe. Hoy ya no hay movimientos sociales en términos de grandes manifestaciones que hagan la revolución pero vemos movimientos de estudiantes u otros en los que las redes sociales juegan un papel importante en términos de creatividad, inteligencia colectiva, etc. Allí está lo mejor y lo peor en pero es uno de los elementos que contribuyó a desestructurar a la sociedad en términos de clases para construir una sociedad de los individuos, pero al mismo tiempo una sociedad, móvil, líquida, fragmentada, donde hay toda una parte en la que no se sabe qué es real y qué es virtual. Es una sociedad a la vez real y virtual. Entre el ser del hombre y el de la sociedad aparece esta esfera virtual de comunicación y relación que las tecnologías permiten y que está globalizadahttp://ssociologos.com/2014/01/15/la-neurosis-de-clase-existe-la-igualdad-de-oportunidades-no-existe-imponen-desafios-y-no-estamos-preparados/


el bombardeo a Gaza 15/07/2014

Noam Chomsky – El bombardeo de Gaza: “Esto es un asesinato”

“¡Es un asesinato!” “La incursión y bombardeo de Gaza no se trata de destruir a Hamas. No se trata de detener el lanzamiento de cohetes hacia Israel, no se trata de lograr la paz”
La decisión de Israel a llover muerte y destrucción en Gaza, el uso de armas letales del campo de batalla moderno contra una población civil indefensa, es la fase final de una campaña de décadas para limpiar étnicamente palestinos.
Israel utiliza sofisticados aviones de ataque y buques de guerra para bombardear densamente atestados campamentos de refugiados, escuelas, edificios de apartamentos, mezquitas y barrios bajos de atacar a una población que no tiene fuerza aérea, ni defensa aérea, sin marina, sin armas pesadas, ninguna unidad de artillería, sin armadura mecanizada, no hay ningún comando en el control, ni ejército… y lo llama una guerra. No es una guerra, es un asesinato.
“Cuando los israelíes en los territorios ocupados ahora afirman que tienen para defenderse, se están defendiendo en el sentido de que cualquier ocupante militar tiene que defenderse de la población a la que están aplastando.
No puede defenderse cuando se está ocupando militarmente tierra ajena. Eso no es defensa. Llámalo como quieras, no es defensa “
Juzguen ustedes mismos por las imágenes que no les sacará la prensa occidental.
Noam Chomsky sobre el genocidio sionista de Israel en Gaza 2 Noam Chomsky   El bombardeo de Gaza: Esto es un asesinato” Noam Chomsky sobre el genocidio sionista de Israel en Gaza 3 Noam Chomsky   El bombardeo de Gaza: Esto es un asesinato” Noam Chomsky sobre el genocidio sionista de Israel en Gaza 4 Noam Chomsky   El bombardeo de Gaza: Esto es un asesinato” Noam Chomsky sobre el genocidio sionista de Israel en Gaza 5 Noam Chomsky   El bombardeo de Gaza: Esto es un asesinato” Noam Chomsky sobre el genocidio sionista de Israel en Gaza 6 Noam Chomsky   El bombardeo de Gaza: Esto es un asesinato” Noam Chomsky sobre el genocidio sionista de Israel en Gaza Noam Chomsky   El bombardeo de Gaza: Esto es un asesinato”Artículo de opinión de Noam Chomsky en tercerainformacion.es

domingo, 13 de julio de 2014

guerras

La era de la guerra sin fin

Flabián Nievas. El sociólogo sostiene que, en contraste con otros momentos históricos, la guerra actual ya no enfrenta estados sino a fuerzas irregulares.

Las guerras cambian sus rasgos pero no encuentran fin, como tampoco la destrucción que provocan. No se ha cumplido la expectativa de Kant, enunciada en 1795 de que los estados, mediante un uso racional de la fuerza dejarán de recurrir a la guerra de agresión y darán inicio a una época de madurez de la humanidad caracterizada por él como de “paz perpetua”. Tampoco fue efectiva la iniciativa del presidente estadounidense Woodrow Wilson, quien al finalizar la Primera Guerra Mundial propuso considerar a la guerra como un crimen contra la paz. Y, en un sentido sustantivo, poco aleccionadora ha sido la aniquilación sin precedentes que se registró durante la Segunda Guerra. Como lo consigna Flabián Nievas, un sociólogo especializado en esta forma de conflictividad extrema, la guerra –aunque muta– nunca ha dejado de estar presente en la historia. En esta entrevista, en la que se piensa sobre la guerra, nos brinda un retrato realista sobre el uso de la fuerza y de los dispositivos de vigilancia.
–¿Qué clase de “primavera” se vive en los países árabes?
–Geopolíticamente Siria, y los países árabes en general, son del sur, pese a estar en el norte. La primavera de unos es el otoño de otros. La “primavera” árabe, nacida de una revuelta genuina en Túnez, muestra su verdadera cara en Siria, como lo mostró en Libia: un movimiento alimentado desde el norte –y algunos vecinos aliados– para desestabilizar regímenes tiránicos relativamente autónomos, con el afán de imponer regímenes tiránicos relativamente heterónomos. El horror y los muertos los ponen los locales; los extranjeros observan, proveen de muerte, y aguardan sus ganancias futuras. El estancamiento del conflicto, producto del incierto rumbo de las fuerzas opositoras, lo ha eliminado de las primeras planas, algo habitual cuando a los occidentales norteños la realidad les resulta esquiva a sus intereses.
–¿Y en Ucrania intervienen factores similares?
–Sí, hay intereses de ese mismo tipo que están tensionados actualmente en Ucrania. Allí se actualiza un viejo problema: el establecimiento de límites en las “zonas de influencia”. Crimea fue el escenario de una de las más cruentas guerras decimonónicas, aquella vez entre Rusia y la coalición turca-británica-francesa. El problema era el mismo: el acceso de la flota rusa a los mares interiores eurasiáticos y, a través de ellos, a los océanos Atlántico e Indico. La tensión actual es tributaria de un anacronismo; cuando Gueorgui Malenkov (primer ministro de la Unión Soviética entre 1953 y 1955) cedió Crimea a Ucrania fue en el marco de la URSS; la pretensión del alineamiento ucraniano con Europa contra Rusia es una veleidad formalista, y lo que cruje es la realidad geopolítica. Todo indica que esto se resolverá como se hizo con Kosovo, de facto, o formalmente en su momento, con las particiones de Vietnam y Corea.
–¿Significa volver a la Guerra Fría?
–En absoluto. Hoy no hay bipolaridad, ni siquiera unipolaridad. La tendencia actual es a la emergencia de flujos de poder, más que a su asentamiento territorial. Y los flujos se mueven de modo intempestivo, caótico. La física ha logrado formalizar estos comportamientos en las partículas, que son más simples que los humanos, pero dan una idea de trayectorias impredecibles. Esto nos permite entender no sólo la imprevisión de algunas conductas como las del soldado Bradley Manning o el consultor Edward Snowden, sino los efectos de las mismas, corrosivos para determinadas políticas imperiales. Y nos instala en otro nivel de observación. Ya no se trata, como en la Guerra Fría, de demostraciones de fuerza militar y de espionaje estatal mutuo; hoy la complejidad de las redes instaladas para una vigilancia permanente las torna muy vulnerables; cuanto más complejas y desarrolladas, más inestables y endebles, lo que nos sitúa frente a un escenario de alta imprevisibilidad. Estamos entonces frente a una gran paradoja de la historia, una de tantas: el mundo más seguro que haya conocido la humanidad es el que se siente más inseguro, y el poder inigualable que se ha concentrado, es más frágil que nunca. Esto no presagia nada agradable.
–¿Deberíamos, entonces, considerar que la conflictividad podría atemperarse y que acaso la guerra sea el fenómeno social por excelencia?
–La guerra es un fenómeno de síntesis social. En ella se vuelcan los esfuerzos económicos, científicos, tecnológicos, ideológicos y morales. No sólo es el mayor dinamizador del desarrollo científico-tecnológico, sino que también desarrolla órdenes e instituciones sociales. Ya Heráclito de Efesio decía que la guerra es el padre de todas las cosas, y Marx reafirmaba que antes de la paz está la guerra.
–¿Ya no es posible justificar juicios morales sobre las guerras? ¿O habría guerras “justas”?
–La guerra y la moral van por caminos separados. Los juicios morales no son aplicables en una situación en la que la destrucción de la vida o de sus condiciones de posibilidad es la finalidad de la acción emprendida. Los códigos éticos, plasmados en el derecho humanitario internacional, son letra muerta toda vez que las situaciones para las que fueron previstas ya no ocurren.
–¿Qué rasgos presenta la matriz clásica de guerra? ¿Están en extinción las guerras de formato tradicional?
–Las que nos representamos son las guerras entre estados, un tipo de fenómeno que se expande con las guerras napoleónicas pero que está implícito tras el ordenamiento estatal que surge de los tratados de Wesfalia (1648) con los que se concluyó la guerra de los Treinta Años. Desde entonces, los Estados son los únicos agentes beligerantes legítimos. Eso ha hecho que el vocablo “guerra” nos evoque imágenes de ejércitos desplegados, tanques, aviones, eventualmente barcos y submarinos, cañones, y todo lo que se supone que es la organización especializada para la guerra, que son las Fuerzas Armadas. Pero este tipo de guerras son cada vez menos habituales. Quizá Malvinas haya sido la última. Las guerras de los Balcanes no enfrentaban a dos Estados, sino a uno con un conglomerado de fuerzas estatales y privadas militares y población civil.
–¿Cuáles serían y qué rasgos presentan las guerras irregulares?
–Lo primero que debe decirse es que se trata de una regularidad, y por lo tanto no es adecuado hablar de guerras “irregulares” cuando constituyen casi la totalidad de los eventos bélicos en lo que va del siglo. Pero sí se pueden definir características que las diferencian de las guerras “tradicionales”: a) Los contendientes no son exclusivamente fuerzas estatales; b) se libran desterritorializadamente, es decir, no se circunscriben a un “teatro de operaciones”; c) están destemporalizadas, es muy difícil establecer con precisión el inicio o el fin de las hostilidades, se trata más bien de un estado de tensión variable con momentos de violencia extrema y momentos de mayor sosiego; d) no hay polaridad de resultados: las fuerzas estatales pierden si no ganan, y las fuerzas no estatales ganan si no pierden; e) se vulneran todas las regulaciones; f) lo decisivo no es el alto poder de fuego ni la tecnología de vanguardia, sino la producción de inteligencia, que más que espionaje, tiene como función instalar códigos de interpretación de la realidad; g) hay una propensión a que las fuerzas estatales tiendan a sucumbir ante la acción de un enemigo al que no pueden ver ni entender.
–¿Cuáles han sido las primeras guerras del siglo XXI, y cuáles han sido sus características más notables?
–Dado el carácter difuso de las guerras actuales sólo es posible identificar aquellas cuyos rasgos son inequívocos, aunque no exentos de peculiaridades. Indudablemente Afganistán e Irak están en esta lista, pero no deben perderse de vista la guerra israelí-palestina, la que se desarrolla en México, o la de Chechenia, aunque todas tienen características diferentes. La más estudiada de todas, la de Irak, paradójicamente comenzó a partir de que fue oficialmente concluida, el 1° de mayo de 2003. Entonces fue cuando empezó a actuar la resistencia, con los resultados conocidos. La intolerancia de las potencias centrales a tener bajas llevó, en los comienzos del siglo, a la profusa utilización de compañías militares privadas, pero en la segunda década, a partir de lo sucedido en Túnez, encontraron más útil alentar, organizar, abastecer y asistir insurgencias internas en países cuyos regímenes o se allanan a las políticas occidentales (Egipto, Libia y ahora Siria). El montaje propagandístico lo presenta como una “ola democrática”, concepto tan familiar a nosotros como extraño a esos pueblos.
–¿Se tiende a demonizar al enemigo? ¿Volvió la tortura como instrumento en la guerra, después del 11-S? ¿O acaso nunca se ha dejado de emplear?
–El enemigo ya no es visto como un igual, sino esencialmente como un monstruo: un ser de apariencia humana pero esencia no humana. Carece, por lo tanto, de derechos. Todos los fundamentos del derecho penal moderno se invierten: se funda en la sospecha y no en los hechos, no puede haber proporcionalidad de la pena sobre un hecho que no se cometió, y por lo tanto son indefinidas, no existen normas procesales, y la aplicación de tormentos se ha regulado estatalmente en al menos dos países. La figura del desaparecido ya no es clandestina: se los puede fotografiar en la cárcel de Guantánamo.
–¿El estado perdió el monopolio de la guerra?
–Si bien tal monopolio nunca fue absoluto, hoy ni siquiera existe como pretensión. No sólo rivalizan con fuerzas insurgentes, sino que la operación militar estatal está supeditada cada vez más a la contratación de empresas militares privadas. También en los asuntos de seguridad interna es creciente el fenómeno de la privatización. El ejercicio legítimo de la violencia se desplaza de lo estatal a lo corporativo.
–¿La fuerza es posible que se imponga como instrumento para pacificar?
–La paz armada es un contrasentido que sólo se sostiene con altos niveles de intoxicación propagandística. Las “misiones de paz” o “incursiones humanitarias” son la fachada poco creíble de formas de intervenir en asuntos internos de otros países con el único propósito de sacar provechos políticos y/o económicos de ello.
–¿Qué importancia tienen la propaganda y la información en la guerra?
–No hay información sobre la guerra, sino que la información es parte de la guerra, es un arma más, y una de las más importantes, porque se libra en el plano de las representaciones. Es vital ganar adhesiones y apaciguar las resistencias a la guerra, dado que éstas carecen de legitimidad toda vez que los motivos que las provocan difícilmente sean acompañados por los pueblos. En una era donde la información es accesible a casi todo el mundo, la saturación de informaciones con sentido unívoco es el arma empleada para legitimar el conflicto. De esta manera se construyen certezas basadas en sensaciones y no en evaluaciones. Hoy todos tememos las acciones terroristas, y permitimos el avasallamiento de derechos en función de prevenirlos, sin advertir que el terrorismo que provoca más víctimas es el del Estado, que se ejerce para librarnos del terrorismo insurgente que, por otra parte, es menos letal, por ejemplo, que los accidentes de tránsito. Son más horrorosas y perniciosas las medidas de protección que las acciones de las que nos protegen, pero toleramos la pérdida de libertad en la medida que vivimos aterrorizados, y esto se lo debemos a la propaganda de guerra.

la era de la guerra sin fin

La era de la guerra sin fin

Flabián Nievas. El sociólogo sostiene que, en contraste con otros momentos históricos, la guerra actual ya no enfrenta estados sino a fuerzas irregulares.

Las guerras cambian sus rasgos pero no encuentran fin, como tampoco la destrucción que provocan. No se ha cumplido la expectativa de Kant, enunciada en 1795 de que los estados, mediante un uso racional de la fuerza dejarán de recurrir a la guerra de agresión y darán inicio a una época de madurez de la humanidad caracterizada por él como de “paz perpetua”. Tampoco fue efectiva la iniciativa del presidente estadounidense Woodrow Wilson, quien al finalizar la Primera Guerra Mundial propuso considerar a la guerra como un crimen contra la paz. Y, en un sentido sustantivo, poco aleccionadora ha sido la aniquilación sin precedentes que se registró durante la Segunda Guerra. Como lo consigna Flabián Nievas, un sociólogo especializado en esta forma de conflictividad extrema, la guerra –aunque muta– nunca ha dejado de estar presente en la historia. En esta entrevista, en la que se piensa sobre la guerra, nos brinda un retrato realista sobre el uso de la fuerza y de los dispositivos de vigilancia.
–¿Qué clase de “primavera” se vive en los países árabes?
–Geopolíticamente Siria, y los países árabes en general, son del sur, pese a estar en el norte. La primavera de unos es el otoño de otros. La “primavera” árabe, nacida de una revuelta genuina en Túnez, muestra su verdadera cara en Siria, como lo mostró en Libia: un movimiento alimentado desde el norte –y algunos vecinos aliados– para desestabilizar regímenes tiránicos relativamente autónomos, con el afán de imponer regímenes tiránicos relativamente heterónomos. El horror y los muertos los ponen los locales; los extranjeros observan, proveen de muerte, y aguardan sus ganancias futuras. El estancamiento del conflicto, producto del incierto rumbo de las fuerzas opositoras, lo ha eliminado de las primeras planas, algo habitual cuando a los occidentales norteños la realidad les resulta esquiva a sus intereses.
–¿Y en Ucrania intervienen factores similares?
–Sí, hay intereses de ese mismo tipo que están tensionados actualmente en Ucrania. Allí se actualiza un viejo problema: el establecimiento de límites en las “zonas de influencia”. Crimea fue el escenario de una de las más cruentas guerras decimonónicas, aquella vez entre Rusia y la coalición turca-británica-francesa. El problema era el mismo: el acceso de la flota rusa a los mares interiores eurasiáticos y, a través de ellos, a los océanos Atlántico e Indico. La tensión actual es tributaria de un anacronismo; cuando Gueorgui Malenkov (primer ministro de la Unión Soviética entre 1953 y 1955) cedió Crimea a Ucrania fue en el marco de la URSS; la pretensión del alineamiento ucraniano con Europa contra Rusia es una veleidad formalista, y lo que cruje es la realidad geopolítica. Todo indica que esto se resolverá como se hizo con Kosovo, de facto, o formalmente en su momento, con las particiones de Vietnam y Corea.
–¿Significa volver a la Guerra Fría?
–En absoluto. Hoy no hay bipolaridad, ni siquiera unipolaridad. La tendencia actual es a la emergencia de flujos de poder, más que a su asentamiento territorial. Y los flujos se mueven de modo intempestivo, caótico. La física ha logrado formalizar estos comportamientos en las partículas, que son más simples que los humanos, pero dan una idea de trayectorias impredecibles. Esto nos permite entender no sólo la imprevisión de algunas conductas como las del soldado Bradley Manning o el consultor Edward Snowden, sino los efectos de las mismas, corrosivos para determinadas políticas imperiales. Y nos instala en otro nivel de observación. Ya no se trata, como en la Guerra Fría, de demostraciones de fuerza militar y de espionaje estatal mutuo; hoy la complejidad de las redes instaladas para una vigilancia permanente las torna muy vulnerables; cuanto más complejas y desarrolladas, más inestables y endebles, lo que nos sitúa frente a un escenario de alta imprevisibilidad. Estamos entonces frente a una gran paradoja de la historia, una de tantas: el mundo más seguro que haya conocido la humanidad es el que se siente más inseguro, y el poder inigualable que se ha concentrado, es más frágil que nunca. Esto no presagia nada agradable.
–¿Deberíamos, entonces, considerar que la conflictividad podría atemperarse y que acaso la guerra sea el fenómeno social por excelencia?
–La guerra es un fenómeno de síntesis social. En ella se vuelcan los esfuerzos económicos, científicos, tecnológicos, ideológicos y morales. No sólo es el mayor dinamizador del desarrollo científico-tecnológico, sino que también desarrolla órdenes e instituciones sociales. Ya Heráclito de Efesio decía que la guerra es el padre de todas las cosas, y Marx reafirmaba que antes de la paz está la guerra.
–¿Ya no es posible justificar juicios morales sobre las guerras? ¿O habría guerras “justas”?
–La guerra y la moral van por caminos separados. Los juicios morales no son aplicables en una situación en la que la destrucción de la vida o de sus condiciones de posibilidad es la finalidad de la acción emprendida. Los códigos éticos, plasmados en el derecho humanitario internacional, son letra muerta toda vez que las situaciones para las que fueron previstas ya no ocurren.
–¿Qué rasgos presenta la matriz clásica de guerra? ¿Están en extinción las guerras de formato tradicional?
–Las que nos representamos son las guerras entre estados, un tipo de fenómeno que se expande con las guerras napoleónicas pero que está implícito tras el ordenamiento estatal que surge de los tratados de Wesfalia (1648) con los que se concluyó la guerra de los Treinta Años. Desde entonces, los Estados son los únicos agentes beligerantes legítimos. Eso ha hecho que el vocablo “guerra” nos evoque imágenes de ejércitos desplegados, tanques, aviones, eventualmente barcos y submarinos, cañones, y todo lo que se supone que es la organización especializada para la guerra, que son las Fuerzas Armadas. Pero este tipo de guerras son cada vez menos habituales. Quizá Malvinas haya sido la última. Las guerras de los Balcanes no enfrentaban a dos Estados, sino a uno con un conglomerado de fuerzas estatales y privadas militares y población civil.
–¿Cuáles serían y qué rasgos presentan las guerras irregulares?
–Lo primero que debe decirse es que se trata de una regularidad, y por lo tanto no es adecuado hablar de guerras “irregulares” cuando constituyen casi la totalidad de los eventos bélicos en lo que va del siglo. Pero sí se pueden definir características que las diferencian de las guerras “tradicionales”: a) Los contendientes no son exclusivamente fuerzas estatales; b) se libran desterritorializadamente, es decir, no se circunscriben a un “teatro de operaciones”; c) están destemporalizadas, es muy difícil establecer con precisión el inicio o el fin de las hostilidades, se trata más bien de un estado de tensión variable con momentos de violencia extrema y momentos de mayor sosiego; d) no hay polaridad de resultados: las fuerzas estatales pierden si no ganan, y las fuerzas no estatales ganan si no pierden; e) se vulneran todas las regulaciones; f) lo decisivo no es el alto poder de fuego ni la tecnología de vanguardia, sino la producción de inteligencia, que más que espionaje, tiene como función instalar códigos de interpretación de la realidad; g) hay una propensión a que las fuerzas estatales tiendan a sucumbir ante la acción de un enemigo al que no pueden ver ni entender.
–¿Cuáles han sido las primeras guerras del siglo XXI, y cuáles han sido sus características más notables?
–Dado el carácter difuso de las guerras actuales sólo es posible identificar aquellas cuyos rasgos son inequívocos, aunque no exentos de peculiaridades. Indudablemente Afganistán e Irak están en esta lista, pero no deben perderse de vista la guerra israelí-palestina, la que se desarrolla en México, o la de Chechenia, aunque todas tienen características diferentes. La más estudiada de todas, la de Irak, paradójicamente comenzó a partir de que fue oficialmente concluida, el 1° de mayo de 2003. Entonces fue cuando empezó a actuar la resistencia, con los resultados conocidos. La intolerancia de las potencias centrales a tener bajas llevó, en los comienzos del siglo, a la profusa utilización de compañías militares privadas, pero en la segunda década, a partir de lo sucedido en Túnez, encontraron más útil alentar, organizar, abastecer y asistir insurgencias internas en países cuyos regímenes o se allanan a las políticas occidentales (Egipto, Libia y ahora Siria). El montaje propagandístico lo presenta como una “ola democrática”, concepto tan familiar a nosotros como extraño a esos pueblos.
–¿Se tiende a demonizar al enemigo? ¿Volvió la tortura como instrumento en la guerra, después del 11-S? ¿O acaso nunca se ha dejado de emplear?
–El enemigo ya no es visto como un igual, sino esencialmente como un monstruo: un ser de apariencia humana pero esencia no humana. Carece, por lo tanto, de derechos. Todos los fundamentos del derecho penal moderno se invierten: se funda en la sospecha y no en los hechos, no puede haber proporcionalidad de la pena sobre un hecho que no se cometió, y por lo tanto son indefinidas, no existen normas procesales, y la aplicación de tormentos se ha regulado estatalmente en al menos dos países. La figura del desaparecido ya no es clandestina: se los puede fotografiar en la cárcel de Guantánamo.
–¿El estado perdió el monopolio de la guerra?
–Si bien tal monopolio nunca fue absoluto, hoy ni siquiera existe como pretensión. No sólo rivalizan con fuerzas insurgentes, sino que la operación militar estatal está supeditada cada vez más a la contratación de empresas militares privadas. También en los asuntos de seguridad interna es creciente el fenómeno de la privatización. El ejercicio legítimo de la violencia se desplaza de lo estatal a lo corporativo.
–¿La fuerza es posible que se imponga como instrumento para pacificar?
–La paz armada es un contrasentido que sólo se sostiene con altos niveles de intoxicación propagandística. Las “misiones de paz” o “incursiones humanitarias” son la fachada poco creíble de formas de intervenir en asuntos internos de otros países con el único propósito de sacar provechos políticos y/o económicos de ello.
–¿Qué importancia tienen la propaganda y la información en la guerra?
–No hay información sobre la guerra, sino que la información es parte de la guerra, es un arma más, y una de las más importantes, porque se libra en el plano de las representaciones. Es vital ganar adhesiones y apaciguar las resistencias a la guerra, dado que éstas carecen de legitimidad toda vez que los motivos que las provocan difícilmente sean acompañados por los pueblos. En una era donde la información es accesible a casi todo el mundo, la saturación de informaciones con sentido unívoco es el arma empleada para legitimar el conflicto. De esta manera se construyen certezas basadas en sensaciones y no en evaluaciones. Hoy todos tememos las acciones terroristas, y permitimos el avasallamiento de derechos en función de prevenirlos, sin advertir que el terrorismo que provoca más víctimas es el del Estado, que se ejerce para librarnos del terrorismo insurgente que, por otra parte, es menos letal, por ejemplo, que los accidentes de tránsito. Son más horrorosas y perniciosas las medidas de protección que las acciones de las que nos protegen, pero toleramos la pérdida de libertad en la medida que vivimos aterrorizados, y esto se lo debemos a la propaganda de guerra.

reflexión posmo

la sociedad  posmoderna se caracteriza por un tipo de modernidad líquida en donde todo lo sólido se disuelve , ya nada es estable más lo éfimero se converte en una norma que ella misma se disuelnive.
Pero esta situación de anomia o de perdida de sentido hace perder a los individuos su  sentido de estar en el mundo comotambién que se trastoque continuamente el sistema valorativo que  nos indica aquello que nos es deseable o no .Por lo tanto todo se puede justificar cualquier tipo de acción social sea una atrocidad como la de matar miles o aniquilar por millones o cientos de niños.
O sea vivimos en un mundo trastocado con un  gran avance en la conectividad en las ciencias pero al mismo tiempo con una fuaerte perdida de humanidad ya que el otro no interesa.